Saturday, May 19, 2012

Una Noche en París




Si te instalas en las copas de los árboles
a las doce de la noche
verás cosas increíbles.
Cuando los reyes de los planetas vuelan
por sobre su ciudad de hierba y estrellas
a ras de tu cabeza
-pero sin despertar a nadie-
conversando en voz baja
de velocidades y palabras
que van inventando sobre la marcha.
Cuando las noches de París los llaman
a perderse en una o dos calles
de luces de túneles y sótanos.
Y luego, en esa misma copa de árbol
que ya hiciste tu observatorio espacial
te saludan los viejos investigadores
del cielo, que murieron hace un par
de siglos atrás, pero siguen viniendo
a sus copas porque se niegan
a no seguir observando.
Quizás, una vez que tú mueras,
querrás quedarte ahí,
tu espíritu seguirá trenzado
a las hojas de un árbol eterno.
Ellos te saludan, no te hablan,
son del aire, ya solo sonríen
y miran los pequeños trenes de cometas
y luciérnagas avanzar lento.
Las luciérnagas, te cuentan
sin mover los labios,
las luciérnagas son seres
tan frágiles, estacionarios,
se demoran mucho en cruzar la noche
para que su luz permanezca cantando
hasta el amanecer.
Y allí, en esa copa,
se te ocurre que quisieras
que nunca amaneciera.
Porque puedes ver en el aire
lo que sueñan todos los habitantes
de la ciudad, sus ingenuos episodios
de éxitos y miedos. Sus recuerdos.
Tu madre sueña contigo y te ves
como un espejo
en la copa de un árbol
algo melancólico.
No te gusta que tu madre sueñe contigo.
Te hace sentir demasiado infinito.
Y no hay tantos amigos
en otras copas de los árboles
desvelados por las estrellas pequeñas
que se desconciertan ante la música
de la ciudad dormida.
La reina de la luna te vuela los cabellos
en un salto mortal que hace en el aire.
Y la copa se estremece a su vaivén,
pero hace a las hojas cantar un poco,
en disgusto un rato,
pero su canto es pequeña paz.
Y en esa pequeña paz
tu alma de pequeña polilla demasiado despierta
se queda dormida, solo la mitad de ella,
la otra mitad seguirá en la copa,
viendo qué reinos se suceden al amanecer,
y en el día.
Y esa mitad
tratará de convencer a la otra mitad de tu alma
dormida
para que la noche siguiente la pasen las dos juntas
en la copa de un árbol
saludando estrellas
y vigilando sueños
en París.//

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